Hay algo que veo con frecuencia en consulta durante el verano. Muchas personas me dicen que, después de unos días de playa, notan la piel más bonita, con menos brillo e incluso con menos granitos. Sin embargo, al volver a casa y retomar su rutina, empiezan a aparecer imperfecciones. ¿Por qué ocurre?

Durante un día de playa, la piel acumula sal, sudor, arena, sebo y varias capas de protector solar que vamos reaplicando a lo largo de la jornada. Esa mezcla puede formar una película sobre la superficie de la piel que, en personas con tendencia a la obstrucción de los poros, retiene temporalmente su contenido. Cuando esa capa desaparece con la limpieza habitual, pueden aparecer los granitos que habían permanecido «contenidos».

Quiero dejar claro que el problema no es el protector solar. Reaplicarlo es fundamental para proteger la piel frente al daño solar. Lo que marca la diferencia es cómo hacemos esa reaplicación.

Por eso siempre recomiendo un gesto muy sencillo. Lleva en la bolsa de playa una toallita desechable, una pequeña cantidad de tu limpiador habitual y una botella de agua mineral. Antes de volver a aplicar el fotoprotector, limpia suavemente el rostro para retirar los restos de sal, sudor, arena, sebo y protector acumulado. Después, seca la piel con cuidado y reaplica el protector solar.

Es un hábito que apenas lleva un minuto, pero puede ayudar a mantener la piel mucho más limpia y cómoda, especialmente si tienes una piel mixta, grasa o con tendencia acneica.

En muchas ocasiones, no se trata de utilizar más productos, sino de hacer pequeños gestos en el momento adecuado. Y este, sin duda, es uno de esos consejos que considero más útiles para disfrutar del verano sin que tu piel lo note a la vuelta de las vacaciones.